ALAN EN 2057

Mi hijo menor tendrá mi edad actual dentro de treinta y siete años. ¿Cómo será el mundo entonces? Hace quince años ni tú ni yo —nadie realmente— podía predecir el advenimiento de —digamos— cosas como Tik Tok, Twitch, el iPhone 11 Pro y nuestro uso cotidiano de éstas y otras herramientas que hemos dejado de ver como altamente sofisticadas pero que lo son.

¿Debo ocuparme en que mis hijos aprendan programación en Python para que sean capaces de generar algoritmos de machine learning que los lleven a crear soluciones con inteligencia artificial? No sé si lo has notado, pero hoy puedes editar prácticamente de manera profesional fotos en tu smartphone sin invertir tiempo, atención y dinero en un costoso curso de retoque con Photoshop. El no-code es una tendencia que —apuesto— hará obsoleta la necesidad de programar para la mayoría de necesidades que hoy nos empujan a depender de desarrolladores front y back-end. Si algo se puede hacer cada vez más fácil para que más gente lo use, así será.

¿Debo ocuparme en que mis hijos estudien idiomas para poder sentirse cómodos en sus viajes por el mundo? No sé si lo has notado, pero hoy cada vez es más sencillo traducir casi todo en tiempo real. La prueba de fuego fue mi negociación con un taxista en China para regresar de la fábrica de un proveedor de tecnología a mi hotel y poder platicar a gusto con él sobre México, país del cual —por cierto— sólo conocía que está cerca de Estados Unidos. Gracias Google Translate.

El mundo del futuro será más y más fácil en lo tecnológico.

El mundo del futuro será más y más complejo en lo intelectual, en lo psicológico, en lo emocional, en lo filosófico.

La tendencia que viene con más fuerza en educación para jóvenes y niños es llamada “las cuatro C’s”. Involucra pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. No hay duda de que estamos evolucionando cuando el mundo ahora nos va a exigir pensar bien, saber transmitir nuestras ideas, poder ejecutar proyectos con otros y conseguir razonar de forma alternativa. Antes bastaba saber leer, escribir, sumar y restar para colocarnos en posición de ventaja natural en el terreno social y profesional.

Las habilidades del siglo veintiuno han sido divididas en tres capas. La primera tiene que ver con nuestra capacidad de aprendizaje y es la más importante. Si no sabemos cómo, qué y para qué aprender estaremos descalificados automáticamente.

Te decía que considerar a alguien como una persona alfabetizada consistía en este sencillo camino de letras y números. Lo que se esperará de los representantes exitosos de las próximas generaciones es que sepan lidiar con IMT: información, medios y tecnología. Ésta es la segunda capa. Un profesional que no sepa filtrar la avalancha constante de información que llega a él, que no tenga recursos internos para saber acceder a fuentes confiables y poder comparar notas, que se intimide con innovaciones cada vez más poderosas, será un profesional de bajo nivel.

Finalmente, la tercera capa llega. En inglés se abrevia FLIPS y está relacionada con flexibilidad, liderazgo, iniciativa, productividad y habilidades sociales.

Hace un par de días platicaba con mi esposa sobre una persona que conocí en algún workshop corporativo para el que me contrataron hace un tiempo. Me decía que estaba frustrado en su posición, que no podía renunciar porque su salario era muy bueno, pero que sabía que en cualquier momento podían despedirlo y que esa incertidumbre lo tenía bastante nervioso. Para contrarrestar esa posibilidad, había decidido seguir el consejo de un amigo para comprar una pequeña franquicia de (tal producto) y venderlo en su nueva tienda en la ciudad.

Estamos hablando de una persona con posgrados, viajes, relaciones y un conocimiento técnico de clase mundial. Las cosas que sabe hacer, no sé, tal vez sólo existen otras mil personas que están a su nivel. Y no cree en sí mismo. No está considerando el hecho de tener una consultoría. De dar clases en grandes instituciones. De lanzar su propia compañía. No hay flexibilidad inserta en su personalidad. Estudié esta carrera técnica, me he especializado en ello y estoy programado para sólo funcionar en un entorno corporativo que me pague por esta habilidad. Tal es su credo.

Si pudiera pedir un deseo para el futuro de mis hijos, es que entrenen y dominen altas dosis de flexibilidad emocional para fluir sin muchos problemas entre escenarios rápidamente cambiantes. No lo entendí durante mucho tiempo, pero mi primera lección en flexibilidad vino cuando papá tuvo un accidente a mis cinco años y tuvimos de repente que adaptarnos a una nueva vida con bastantes limitaciones. Eso me sirvió para conseguir transitar en esta pandemia pausando algunos negocios, abriendo otros, lanzando nuevas ideas aceleradamente, terminando relaciones y comenzando otras. Podemos paralizarnos o podemos ser flexibles, siempre tenemos esta opción ante nosotros.

Desviarnos de la ruta planeada con buena actitud. Eso es flexibilidad.

Tenla.

Y haz que tus hijos la tengan.

Sufro cuando veo todavía en práctica las exigencias anacrónicas que la escuela tradicional hace a los niños con respecto a la memorización y repetición, a aprobar exámenes, llegar a tiempo y hacer tareas para obtener calificaciones. Esto está mal. Esto está mal. Esto está mal. Créelo. Respíralo. Entiéndelo. No va por ahí.

Lo que ocurre cuando no sabemos fechas del virreinato de la Nueva España o las partes de la célula o el nombre completo de algún libertador de la patria probablemente sea algo malo por alguna razón que jamás se ha cruzado hasta este instante en mi vida ni en la gente que admiro.

Lo que ocurre con toda seguridad cuando no sabemos colaborar, ni comunicarnos, ni ser creativos, ni tener pensamiento crítico, ni ser flexibles es que terminamos arrollados en el pavimento del avance de una sociedad que no va a esperar a que de repente, a tus cuarentas, te des cuenta que tienes que desaprender casi todo lo que te dijeron que era sagrado.

No sé cómo será el mundo del futuro que va a encarar Alan en el 2057. Pero sé qué es lo que sí va a necesitar en términos generales: todas esas habilidades del siglo veintiuno que ya te listé. Mejor todavía, en términos específicos sé con toda seguridad qué es lo que NO va a necesitar: justo lo que prácticamente todas las escuelas tradicionales siguen haciendo hoy.

Trabajará en alguna empresa. Fundará la suya. Fracasará. Volverá a trabajar para alguien. Intentará algo más. Invertirá. Fracasará. Se moverá. Inventará algo. Luego tendrá un empleo y un emprendimiento al mismo tiempo. Desconozco lo que será su realidad de la misma manera que mis papás y los tuyos jamás visualizaron un coronavirus en nuestras narices. Los escenarios son infinitos, pero todos se resumen a un hecho innegable: son cambios constantes, son variaciones en su estilo de vida, son escenarios diferentes que aparecen de repente.

Por fin ha llegado la muerte a la alabanza excesiva de la inteligencia académica. Es hora de empujar la inteligencia de vida.

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