DE CERO A CIENTO VEINTE

Por ahí del dos mil uno, un compañero de la universidad me invitó a fundar un club de tecnología. Me buscó por mi reputación como organizador de dos eventos grandes en los que me había involucrado. Acepté por apoyar siendo uno más, pagué mi membresía y listo.

Un par de meses después de haber iniciado el asunto, el chico me encontró en uno de los laboratorios. Me informó que tenía otros planes y que si yo no tomaba el liderazgo del grupo, éste iba a desaparecer, que ya todos los trámites estaban hechos para incorporar a nuestro club universitario al IEEE. Quedé boquiabierto, me dejó unos papeles que básicamente me convertían en el Presidente Fundador y me presentó con el profesor que iba a funcionar como nuestro consejero profesional.

A veces me meto en muchas cosas y no sé por qué.

A veces muchas cosas se meten conmigo y no sé por qué.

Ahora tenía que hacer que todo el asunto funcionara porque de repente mi nombre estaba al frente de las cosas.

Invité a quien había sido uno de mis brazos derechos en los años anteriores de organización de eventos. Mi amigo aceptó y nos pusimos a hacer lo que teníamos que hacer: ruido, ruido, ruido por toda la universidad. Pósters, volantes, invitaciones. Conseguimos un auditorio y lo llenamos con más de doscientos jóvenes estudiantes de ingeniería eléctrica, electrónica, sistemas computacionales y demás. Hablé con todos sobre las ventajas de ser miembro de una organización internacional, todo lo que podíamos conseguir, los contactos, las ideas, la inspiración, la visión, bueno, ya me conoces.

Inscripciones nuevas conseguidas: solamente una, gracias.

Okay. Ya éramos tres.

Y seguimos haciendo lo mismo: pósters, volantes, invitaciones, micro-pláticas, un sitio web profesional para el club, e-mails. Nos tomamos muy en serio y documentamos con orden los temas en nuestras reuniones. Bordamos playeras con el logotipo del club y las usamos en días y horas sincronizadas en puntos visibles. De repente —en ese efecto característico de la Matrix cuando comienza a doblegarse— nuestros demás compañeros comenzaron a pedirnos más información, querían ser parte de lo que hacíamos. Instalamos módulos de inscripción por toda la universidad. Pusimos a nuestras compañeras a hacer ruido también con sus amigas, no queríamos que el asunto fuera un Club de Toby.

Conseguimos juntar alrededor de ciento veinte miembros en menos de un año. Todos muy activos. Lo que aprendí es que no se trata sólamente de reclutar gente, sino de ponerla a hacer cosas. Establecimos comités de robótica, de computación, de comunicación digital, de mujeres en ingeniería, etcétera. Invitamos a conferencistas. Vendimos de todo. Hicimos fiestas. Tomamos muchas fotos. Las compartimos en nuestro sitio web. Creamos un asunto sexy y ganador y la gente respondió.

Le debo mucho al IEEE. Hice voluntariado durante casi diez años ahí. Mi participación en la organización me enseñó a lidiar con situaciones gerenciales que el día que se presentaron ante mí ya en mi formato de adulto trabajador no fueron gran sorpresa.

Por eso insisto tanto en que no utilices la universidad nada más para aprobar materias.

Verás: nadie recuerda mis calificaciones, pero muchos en mi generación recuerdan lo que construimos juntos.

Construye.

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