MICROFAMA Y PENA

Nunca me ha gustado el whisky. Nunca.

Bebí mucho whisky durante mis veintes.

Al rodearme de gente que juraba que amaban el whisky, que lo compraban en cantidades industriales, que lo consumían a la menor excusa, no me quedó de otra que adaptarme.

Después me auto-exilié.

Tiene años que no bebo whisky. A pesar de mi historial salvaje universitario y post-universitario, el alcohol y yo nunca hemos sido los mejores amigos.

Pienso en esto cuando mis clientes me dicen que les encantaría alcanzar la micro-fama que estudiamos en varios de mis cursos. Les pregunto por qué no lo hacen y la respuesta casi siempre está inexorablemente ligada a la pena.

Si todo te da pena, apuesto lo que quieras que la mayoría de gente a tu alrededor también. Es un atributo bastante contagioso. Estoy seguro que no son malas personas, pero querer elevar tu perfil al estar conviviendo con personas llenas de mucha inseguridad personal es casi imposible de la misma manera que resulta inalcanzable ser deportista profesional conviviendo a diario con personas que no cuidan su dieta ni rutina.

Tienes que ir a la plaza comercial con tu amiga más histriónica, esa que levanta miradas por su look. Y tienes que acompañarla con seguridad primero y orgullo después.

Tienes que participar en la organización de eventos al lado del tipo que hace más llamadas de teléfono y que interactúa con todos para que las cosas anden.

Tienes que participar en clubs de oratoria que te empujen a tomar la palabra ante desconocidos.

Tienes que ir a clubs para cantar y bailar sin necesidad de estar borracho.

Tienes que ir a clases de actuación y participar en la mayor cantidad de obras posibles.

Tienes que conseguir algún trabajo en ventas donde tengas que hacer decenas de llamadas y conversaciones cara a cara llenas de rechazos.

Tienes que hacer que la pena no tenga un gran lugar predeterminado en el asiento de este vehículo que es tu vida.

Si las cosas pequeñas del día a día te dan pena, no vas a poder construir un marca personal que te lleve a la micro-fama donde hay más oportunidades personales y profesionales.

En este momento ves a la pena como algo natural, como algo que siempre ha estado ahí, algo que a tus mejores amigos también les pasa. La pena es como la obesidad y la depresión: algo a combatir, a tratar incesantemente. Si no lo haces, te define. No te acostumbres a ella.

Que te defina la pro-actividad, el alto perfil para hacer las cosas que sabes que tienes que hacer.

Ama a tus amigos tímidos, pero entiende que te están moldeando en lo que no te conviene tanto.

Ten nuevas relaciones que te pongan en ese espacio metafísico diferente donde la pena se ve como un asunto exótico y no como un elemento normal.

Te digo todo esto no desde un asiento teórico. Era el tipo más acomplejado y penoso del mundo en todos los aspectos que te puedas imaginar. Sigo siéndolo en varios, pero cada día menos. De haber mantenido mi respeto por la pena inherente en mi vida no habría conseguido relaciones como las que tengo en este preciso momento con ustedes, queridos miles y miles de lectores diarios.

La pena no es de pros.

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