PARTE PERFECTA DEL PROBLEMA

Este artículo no me va a volver un tipo popular en el buen sentido.

Ser católico, evangélico, musulmán, mormón no es diferente a ser francés, mexicano, chino, ruso o apoyar al Barcelona, Real Madrid, Manchester, Boca Juniors o defender la ideología centrista, derechista, izquierdista. Haz el ejercicio intelectual de imaginar a un ser de otro planeta que nos observa llorando, riendo, sufriendo y alabando estos asuntos. Ahora trata de explicarle claramente la diferencia entre todo ello cuando en términos prácticos, todo esto resulta lo mismo en nuestro comportamiento.

Es así porque es lo mismo. Es tribalismo. Es pensar que yo estoy bien y tú no. Que mi forma de abordar el mundo está bien y la tuya no. Es comulgar con un grupo y abandonar toda lógica a cambio de la aceptación.

Nadie crece dentro de estas agrupaciones externalizando su interés por conectar con otros puntos de vista. Jamás ha sido el caso que un sacerdote católico crezca en la jerarquía gracias a su estudio profundo del Talmud para conectar los puntos en común con su fe. Creces y eres aplaudido cuando impulsas el credo interno al máximo, cuando promueves sin cesar lo que te han repetido como lo correcto. Solamente si amplificas las ideas de la agrupación, ésta te abraza, te premia y te promueve.

Imagina la cantidad de aplausos que un ejecutivo de Walmart recibiría si pasara su tiempo hablando de lo bien que Amazon hace las cosas.

Imagina la cantidad de aplausos que un político recibiría si pasara su tiempo celebrando ciertas buenas propuestas de otros candidatos.

Imagina la cantidad de aplausos que el dueño de un equipo de fútbol recibiría si pasara su tiempo celebrando las buenas contrataciones de otros clubes.

Imagina la cantidad de aplausos…bueno, ya quedó claro el punto. El mundo no celebra la conexión con otros. De nuevo: nos programamos para celebrar ciegamente a nuestras tribus, sean éstas o no verdaderamente las mejores, tengan o no lógica sus argumentos.

Cuando un religioso, político, empresario o aficionado discute con otro, el debate nunca se basa genuinamente en datos, cifras o información concreta. Es algo emocional. Esto lo sabemos desde siempre, pero nos encanta pensar que tenemos razón, que somos lógicos, que nuestro punto se mantiene y el del otro bando no.

Somos parte perfecta del problema cuando nos volvemos adictos a la categorización. Recuerdo perfectamente a una compañera de la universidad que en una fiesta expresó con fuerte convicción aparente que ella pertenecía a tal partido político, que su religión era tal y que estaba convencida que cierto canal de televisión nacional era el mejor. Siempre me sorprende encontrar gente —sobre todo joven— que puede definirse completamente. Yo estoy en mis cuarentas y sigo sin entenderme del todo. No concibo ser parte total de algo o poder defender a ultranza una sola ideología. Me gusta pensar que hay hacks en muchos lados.

Atacar el instinto coalicionista es ser calificado automáticamente como hippie promotor del peace and love, drogas y demás. Es difícil concebir un mundo donde el coalicionismo no sea la moneda diaria de cambio porque enfrentarnos en nuestros dogmas es —lamentablemente— lo que nos hace avanzar y sufrir al mismo tiempo.

Inventarnos dogmas, creencias, grupos y organizaciones es una forma perfecta de controlar la narrativa de la realidad que nos interesa crear. Podemos hacer nuestros censos personales para ver a cuántas narrativas pertenecemos y a dónde realmente nos han llevado.

El ejemplo perfecto es lo que Harari propone como punto exclusivo y poderoso de la humanidad: creer firmemente historias estilo “cuando mueras, irás al paraíso lleno de felicidad en el mundo del más allá”. Lo compara con lo absurdo que sería que un chango creyera que habiendo siendo buen chango toda su vida, al morir llegará a un cielo lleno de plátanos, todos para él.

The Invention of Lying es una película que ejecuta mejor la sátira con respecto a nuestra necesidad de creer en cosas que no son muy lógicas. El protagonista crea a Dios literalmente de la noche a la mañana y el mundo se vuelve inmediatamente otro.

Te decía que este artículo no me va a hacer popular en el buen sentido. Ya puedo sentir dientes rechinar de muchos de mis lectores. Todos somos tribales. Tal vez esto es algo que no podemos eliminar de nuestro comportamiento, pero podemos esforzarnos en ser esos miembros de nuestras tribus que trabajan a diario en conector con los otros clubes, las otras religiones, los otros partidos políticos, las demás ideologías.

Exacerbar a otros con temas espinosos fáciles de criticar pero complejos de abordar no es un asunto elevado en el terreno trascendental.

No manipules.

Que no te manipulen.

No defiendas a ultranza a tribus artificiales.

Pregúntate qué es lo mejor que puedes aportar en términos de moderación y conexión y luego ejecútalo, sabiendo que no recibirás muchos aplausos.

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