Ensayo sobre mi pobreza

La pobreza es hackeable, pero nada puedes hackear si no piensas y actúas diferente.



  1. Era pobre porque creía que yo siempre tenía la razón. A las personas que me sobrepasaban en lo intelectual, social, cultural, económico y profesional, en lugar de analizarlas para emular lo mejor de ellas, las criticaba y atacaba. Durante mucho tiempo abracé solo a quienes me hacían sentir bien, a gusto. No me elevaban en nada, pero siempre podía contar con nuestras borracheras para hablar mal de otros y culpar al gobierno, a las empresas y a la sociedad por todo lo que iba terrible en mi vida. Copiar lo que las personas arriba de mí hacían siempre fue difícil dado que involucraba apertura de mente ("para volar alto tengo que pensar diferente"), honestidad conmigo mismo ("no, no estoy bien, hay otras maneras de subir de nivel") y frustración crónica ("ya intenté eso y no funcionó, me rindo"). Ser necio tiene connotación negativa y positiva. Yo era el maestro de ser necio de forma negativa.
  2. Era pobre porque no leía. Y cuando leía, me enfocaba en las revistas de fútbol, aquellas con los jugadores de moda, pósters, estadísticas y demás datos inútiles que jamás me iban a sacar del hoyo donde estaba. Las pocas veces que leía no lo comentaba con otros porque nadie a mi alrededor hablaba de novelas o ideas. Leer resultó ser la conversación más íntima entre cerebros poderosos y mentes frágiles como la mía. Leer fue la manera más sistemática de someter a mis tontas neuronas a un mundo que jamás habría podido visualizar si no me hubiese obligado a consumir párrafos y párrafos de filosofía, tecnología, política, sociedad, biología y demás. Todo el mundo sabe lo dicho y es cierto: no puedes combatir la pobreza económica de forma sostenible si la pobreza intelectual sigue ahí. Requiere mucho esfuerzo mental salir de la pobreza, porque hay que entender que lo que tus familiares, amigos y maestros te han taladrado por años no es el único ni el mejor camino para ello.
  3. Era pobre porque creía que todo se basaba en el dinero. Ahora defino a la pobreza como una falta crónica de oportunidades a la que se une una ocupación masiva de mi espacio mental con problemas de recursos. Cuando no sabía generarme oportunidades (porque esperaba que la escuela me becara, que papá estuviera de acuerdo con tal idea o que el gobierno aprobara tal solicitud), vivía a la expectativa. Todo eso cambió cuando decidí inventarme mi trabajo actual —dar conferencias, escribir, estar al frente de mi grupo de empresas y conseguir que todo ello me genere oportunidades. La pasividad fue la marca que más distinguió aquel periodo de mi vida. La proactividad es donde vivo ahora. Jamás espero a coincidir en el mismo lugar con alguien. Quiero ver a alguien, hago que suceda. Jamás espero a que la persona entienda lo que quiero decir. Digo lo que necesito que entienda. Y así sucesivamente. No utilizo frases como "ahí nos ponemos de acuerdo". Propongo fecha y hora de manera concreta.
  4. Era pobre porque creía que la forma de subir de nivel era trabajando "duro": más horas, más sudor, más estrés. Luego aprendí que se trata de trabajar inteligentemente: analizar, crear equipos de trabajo geniales, optimizar, delegar, sistematizar, hacerse a un lado.
  5. Era pobre porque me enfocaba apasionadamente en tonterías que no tenían valor alguno en el largo plazo. Lo siento, pero eso es lo que son: tonterías. La larga fila afuera del estadio para conseguir un boleto para el partido de fútbol; llegar a nivel enemil en algún videojuego; perseguir al camión repartidor de refrescos para canjear una promoción; pasar días sentado sin hacer nada en una huelga dictada por un tipo que me dijo que era importante luchar por nuestros derechos sin entender que la vida premia a los activos y a los que saben adaptarse, no a los que se andan dando latigazos emocionales por cualquier pequeña ofensa y alteración a su estado actual. Hoy la única "tontería" con que pierdo tiempo es Netflix y —hasta eso— lo abordo como educación disfrazada en series y películas.
  6. Era pobre porque creía que amar a alguien significaba que tenía que poner toda mi atención a lo que esa persona dijera. Ahora sé que puedo amar a muchas personas y no necesariamente poner atención a sus "consejos". Un consejo viene únicamente de quien ya ha hecho lo que tú quieres lograr. Si no, es una mera opinión. Analiza y verás que casi todo lo que el mundo te aconseja en realidad es una opinión. Ignórala. Si es tu vida, tu opinión debe ser la más preponderante. Esto es duro, porque nos encanta tener la imagen romántica de que la sabiduría y las buenas ideas emanan de las personas que nos han cuidado y dado cosas toda la vida; pero el asunto no va por ahí. Ama a tus padres, pero si son pobres, no les prestes mucha atención. Esto es lo más contraintuitivo que he aprendido. Ama a tu pareja, pero si está igual o peor de confundida que tú en la vida, toma decisiones diferentes.
  7. Era pobre porque me acostumbré a las marcas que conspiran para mantener a sus clientes en ese nivel. Consumir lo que ciertas tiendas te venden con pagos pequeños semanales es la identificación perfecta de que tu mente sigue anclada a la pobreza. No necesitas el dispositivo de trescientos dólares cuando tu salario mensual es más o menos eso. No necesitas estrenar ropa en diciembre ni el crédito del banco para los quince años de tu nena. Cuando todos en el vecindario aplauden nuestras decisiones, tenemos un serio problema de estandarización con ese nivel. Para salir de ahí, el primer requisito es no actuar como todos ni permitir que entiendan cada una de nuestras decisiones claramente.
  8. Era pobre porque prácticamente todo me ofendía. Leer un libro como éste hacía que mis venas se inflamaran y comenzara a contraatacar al tipo que lo había escrito en lugar de entender que mi débil ego se sentía ofendido y que estaba tratando de racionalizar a mi favor cosas que en realidad tenía muy en contra. Mae West decía que hay que ofender más seguido a quienes se ofenden fácilmente. Y estoy de acuerdo. Cuando todo nos indigna rápidamente es que no estamos enfocados en construir una gran vida. La indignación suena bien para cambiar al mundo, pero en mi nivel de pobreza era más una excusa que usaba para no hacer mi tarea y sí para promover más drama.
  9. Era pobre porque creía que debía ahorrar para lograr mis metas. La renta del primer departamento que conseguí para independizarme era casi la mitad de mi salario. La del siguiente departamento era más de la mitad. Y el capital necesario para lanzar mi primer negocio jamás lo tuve completo, así que me tuve que mover por partes. Lo que descubrí es que adquirir compromisos grandes tiene una gran ventaja, y esa es que activa una especie de sentido de urgencia emocional en mí para resolver y dominar los problemas que se interponen. Así, en pocos años, pasé de un departamento feo a uno genial frente a la playa. Ahorrar resultaba para mí ser la excusa de la pasividad y la planeación. El que planea mucho pero no tiene experiencia, en realidad está aplazando sus ideas. Que planee quien ha hecho cosas y sabe ser estratégico. En el nivel de pobreza, ese no era yo. Entre planear y ejecutar, te recomiendo no ahorrar y hacer lo que tienes que hacer.
  10. Era pobre porque lo que hacían los empresarios, el presidente y los privilegiados estaba mal. Desarrollé la mentalidad de "nosotros" vs "ellos" como si eso me fuera a elevar de nivel. El "nosotros vs ellos" es la noción más infantil que existe para moverse en la vida, porque te hace aplaudir tonterías de tu nivel y del de abajo, y criticar en automático niveles potencialmente superiores. No es que las cosas que hacen los empresarios, el presidente y los privilegiados sean todas buenas —Dios, tú y yo sabemos que no— pero sí entendí que había muchas buenas razones para la forma en que ejecutaban muchas de sus decisiones.
  11. Era pobre porque iba a todas las fiestas, temeroso de que alguien se fuera a enojar o resentir conmigo si no asistía. Fui a todo lo que no quería ir y con los años entendí que era irrelevante estar cumpliendo esas obligaciones cuando al mismo tiempo descuidaba mi enfoque para el largo plazo. ¿Sabes qué fue lo que me hizo tomar nota de esto? Que no fui a mi fiesta de graduación de la universidad —era pobre, recuerda— y a la fecha mis amigos de esa etapa piensan que estuve allí, incluso algunos hasta insisten en que salgo en las fotos y recuerdan haber hablado conmigo. No soy ni era tan importante; mi tonto ego me hacía pensar que mi asistencia era vital cuando lo único que es realmente prioritario es estar enfocado.
  12. Era pobre porque aceptaba como cierto y correcto todo lo que cualquier persona mayor que yo —o en una posición jerárquica superior— me decía, en lugar de analizar su vida para comprobar si sus palabras justificaban sus acciones. Un hombre no es sus palabras. Analiza fríamente la vida de alguien antes de tomar en serio lo que te sugiera.
  13. Era pobre porque anhelaba el fin de semana para relajarme, incluso cuando no había hecho realmente nada por avanzar en la vida durante la semana. Solía creer que el sábado y domingo tenían que ser pausas, pero al final entendí que son días como cualquier otro y que se pueden utilizar para avanzar en lugar de tontear.
  14. Era pobre porque no sabía negociar mi salario y sólo me quejaba en silencio con las personas incorrectas. No sabía agregar valor desmedido a todo lo que hacía, independientemente del sueldo y posición en las que me encontraba. No me comportaba como dueño de la empresa en la que trabajaba. Si lo hubiese hecho, habría entrenado mi mentalidad, mi cuerpo y todo mi ser, de la forma correcta para emprender mejor y más rápidamente.
  15. Era pobre porque no diseñaba mis amistades. Todo lo dejaba al azar. Pensaba en vecinos, familiares y colegas como amigos. Si alguien estudiaba cualquier materia conmigo, automáticamente pensaba que las horas conjuntas de estudio y el sufrimiento académico compartido nos hacían amigos. Ahora sé que, si la mente y vida de alguien me atrae, debo dedicarle tiempo, atención y dinero. Debo llamar por teléfono, saludar y platicar. Debo recomendar y regalar libros e ideas. Debo viajar a ver a quienes quiero que sean mis amigos, ahora y en el largo plazo. Casi nadie en la pobreza diseña sus amistades. Dejamos este elemento crítico de la vida al azar. Ya disponemos de una enorme cantidad de herramientas tecnológicas para determinar nuestros círculos.
  16. Era pobre porque mi mente estaba las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, pensando en sexo y mujeres, dejando nulo espacio para tener estrategias de vida y negocios. No poder dominar la calentura sexual nos ralentiza en todo. Y nos hace tontos también.
  17. Era pobre porque cuidaba empleos en teoría seguros que rápidamente me daban lo que me tenían que dar. Era pobre porque admiraba trabajos fáciles como el del tipo que supervisaba los parquímetros para encontrar vehículos con tiempo vencido y acumular la mayor cantidad de multas y recibir como premio un día extra completo de descanso. Era pobre porque mi mayor aspiración era lograr un trabajo en la fábrica local más famosa sin pensar en la alternativa de salir de la ciudad para construir una realidad mucho más atractiva y poderosa.
  18. Era pobre porque ante una decisión, siempre favorecía el pensamiento de "todo lo que voy a perder" en lugar de ver "todo lo que podía ganar". Me pasaba hasta con las mujeres. Pensaba en lo ridículo que iba a lucir si me acercaba a platicar con alguna, pensaba en lo mal que me iba a sentir si me rechazaba cuando le dijera que me gustaba, pensaba en todo lo malo hasta que cambié y me acostumbré a pensar en todo el potencial positivo de las cosas. Sí, me puedo ver ridículo acercándome a hablarle, pero podría terminar la noche con su número de teléfono. Sí, podría herir mi ego con el rechazo, pero podría tener buen sexo si ella se siente igual de atraída por mí. Ha sido tan grande mi entrenamiento en pensar en el lado positivo de las cosas que hoy rutinariamente necesito gente a mi alrededor que me haga ver lo que puede salir mal, al menos para considerarlo tímidamente en mi fórmula de decisiones.
  19. Era pobre porque no era curioso. Todo lo veía desde el nivel superficial. ¿El viejo auto de la familia dejaba de arrancar? Quién sabe por qué será. No tenía la actitud de aprender un poco de mecánica automotriz para desarmar el alternador o para limpiar bien las bujías. Cero proactividad más cero curiosidad es igual a pobreza mental y económica constante. De las miles de personas leyendo esto, apenas cinco o diez conocen las tuberías profundas detrás de escenas de su red social favorita. Creen que la plataforma es nada más publicaciones chistosas y comentarios tontos cuando en realidad cada una de estas apps es una universidad con nivel post doctoral para el análisis en tiempo real del comportamiento consumista y social de sus usuarios. Las redes sociales son un océano complejo al que sólo juzgamos por las débiles olas que llegan de ellas hasta nuestra orilla personal. Este es un ejemplo de la falta de curiosidad que nos rodea en el nivel de pobreza. Algo que me fascina de mi vida actual es que todos los días tengo que estar aprendiendo cuestiones de derecho, administración, marketing, tecnología, relaciones públicas, management, entre otras. Ser curioso de forma predeterminada me hace la vida fácil y genial.
  20. Era pobre porque pensaba que las metas que la gente a mi alrededor tenía para mí eran mis metas. Me explico. Mis padres siempre quisieron a un hijo profesionista. Pero su hijo profesionista no resultó ser un buen ingeniero. Siempre pensé que quería convertirme en ello, en lo que todos a mi alrededor me decían que debía lograr dadas mis buenas calificaciones: un profesionista con un buen trabajo. Pero aunque eso está genial, nunca pude conseguirlo. El día en que cambié de profesión a ser hombre de negocios, me di cuenta de que mis metas eran otras, y que jamás habían estado realmente alineadas con mi conducta. ¿Es tu meta tener un título universitario para heredar el empleo que tu padre va a dejar vacante en la empresa donde pasó treinta años? No es tu meta. Es la de tu papá. Y te va a ir terrible, porque estás abrazando algo que no es tuyo.
  21. Era pobre porque hablaba perfectamente el idioma del drama y del bajo desempeño a diario. "Es que la cosa está difícil", "Ay Dios mío, ¿dónde vamos a parar?", "Es que el gobierno nos tiene así", "Ya no se sabe", "La crisis está dura", "No digas tus ideas porque te las van a robar", "El domingo es un día sólo para la familia", etcétera. Si te pasa como me ocurría a mí, que creía que los idiomas sólo eran formas de comunicarse con gente de otros países, estás equivocado. Hay muchos sub-idiomas dentro de una misma lengua. En español puedes hablar como pobre, como persona de negocios, como futbolista, como sindicalista, como persona dramática, como programador, como señor amargado, como intelectual, como niño rico, etcétera. Las frases, vocabulario y tonos que más frecuentemente utilicen tu círculo cercano y tú crean tu realidad.
  22. Era pobre porque admiraba al conocido que había conseguido un empleo según bien pagado en la fábrica local a donde todos aspiraban entrar. Cuando tiramos la piedra de la ambición de forma cercana, es sencillo enamorarnos de la facilidad con la que potencialmente podemos llegar a ella. El problema es que cuando los objetivos son cortos, fracasar en ellos no nos hace avanzar mucho. Por el contrario, si admiras a personas que están realmente cambiando el mundo en diferentes áreas, incluso quedándote a un cuarto del camino que han recorrido, habrás avanzado mares de distancia, y tu pueblo y vieja realidad se habrán quedado atrás hace mucho tiempo. Quiere a tus conocidos, los que logran esas cosas cercanas por las cuales el ego suele emocionarse —ya que nuestro círculo limitado las aplaude—, pero tú lánzate por mucho más.
  23. Era pobre porque no era honesto conmigo mismo. Creía que me veía bien en ese traje que había comprado saturando mi tarjeta de crédito a ochenta mensualidades sin intereses cuando en realidad me veía más gordo pero jamás lo iba a admitir. Decirnos las cosas que tenemos que decirnos para actuar sobre ellas es lo más complicado a vencer. No es que hoy sea un galán —Dios, tú y yo sabemos que no—, pero veo mis fotos de aquellos ayeres y definitivamente tener conversaciones honestas conmigo no era mi fuerte. Aparte de lo físico, tampoco tenía conversaciones honestas conmigo mismo para decirme que estaba comportándome bastante desenfocado en tal trabajo, en tal relación, en tal situación. Admitirnos este tipo de cosas duras y reveladoras es dominar pedazos altamente estratégicos de nuestra personalidad.
  24. Era pobre porque hacía fiestas cada fin de semana como si mi vida dependiera de ello. Viniendo de una familia extendida experta en organizar eventos grandes de forma casi industrial, creo que algunos de esos genes me atacaron durante mi juventud. Llegué al tonto punto de pensar que mis amigos me iban a querer menos o que las personas iban a pensar que algo andaba mal si no lanzaba la invitación para beber y fumar como enfermos en mi departamento del momento. Pasar un buen rato no significa estar embrutecido. Pasar un buen rato no significa resolver el mundo con palabras arrastradas y cero ejecución. Pasar un buen rato hoy es muy diferente para mí de lo que era ayer.
  25. Era pobre porque era muy duro conmigo mismo. Creía que no podría lograr ciertas cosas porque no era tan inteligente como tal persona o no tenía los contactos de tal individuo y así. En su lugar, aprendí a ver todo lo que tenía a favor de forma predeterminada, y eso es lo que me ha ayudado a escalar grandes montañas. Soy mi mejor amigo. No me digo cosas que no le diría a alguien que aprecio en una situación donde esa persona lo que necesita es apoyo, no insultos.
  26. Era pobre porque no hacía preguntas. Y cuando las hacía, no eran buenas. Y todo me daba pena o miedo. Ahora soy un experto en entrevistar a todo aquel que admiro y llevar la conversación a niveles granulares de cómos y porqués. La gente que no hace preguntas tiene garantizadas cero respuestas de la vida. ¿Sabes cuál es una de las frases que más escucho semana a semana? "Es que te iba a contactar, pero supuse que estabas ocupado". ¡Claro! Hay dos estados en mi persona: ocupado o descansando. No hay un estado intermedio, estilo "esperando a que alguien me quiera contactar para que no le dé pena interrumpirme". Me limitaba a comunicarme con la gente de fácil acceso —amigos, familiares, colegas— porque era eso, fácil. Pero para acceder a ideas y oportunidades geniales, hay que contactar a los que genuinamente están ahí. Y hacerles preguntas. Muchas. Cada vez mejores.
  27. Era pobre porque no accedía a contenidos de calidad. Me llenaba a diario de las noticias típicas y la información sobre los próximos partidos y peleas de box como si eso tuviese alguna especie de influencia genuina en las cosas que quería construir. Todo el mundo dice que quiere tener libertad financiera —lo siento, eso junto con cualquier cosa que tenga las palabras "millonarios", "millones" y "abundancia" son casi siempre términos inequívocos del idioma de la pobreza: no los uses—, pero gastan su dinero en contenido que no los lleva hacia ese punto. Hoy compro las revistas de negocios más costosas que puedo porque sé que las ideas que ahí encuentro valen realmente millones en el mediano y largo plazo. Las revistas de emprendimiento en español que encuentras en el supermercado y demás están muy bien, pero no se comparan con las que son producidas por las instituciones serias y líderes del mundo.
  28. Era pobre porque creía que necesitaba saber administrar mejor mi dinero cuando lo que he aprendido es que lo estratégico es saber hacer dinero en toda circunstancia. ¿Para qué aprender a administrar dos pesos cuando puedes enfocarte en hacer mucho más de forma consistente? Mis negocios están muy bien administrados y es dominio público que no soy yo quien hace eso. Yo soy quien propone qué hacer y cómo elevar las ideas. Si tienes que escoger entre administrar bien el poco dinero que tienes o dominar cómo generarlo en cualquier circunstancia, opta por esto último.
  29. Era pobre porque quería que todo se basara en mí. Fui fiel ejemplo de lo que el sistema educativo en el que crecí proponía: que tu éxito en la vida fuera resultado únicamente de tu esfuerzo. Eso está mal. Es anacrónico. No construyes imperios solitariamente por muy genial que seas con la espada. Necesitas gente. Consejeros. Ejecutores. Estrategas. Técnicos. Creativos. Administradores. La educación tradicional te enseña lo opuesto: a que lo hagas tú y obtengas tu calificación y que no te juntes con los tontos. Esta es mi mayor habilidad: generar equipos de trabajo geniales.
  30. Era pobre porque ante la opción de someter mi mente al álgebra booleana para determinar resultados en ejercicios de electrónica digital prefería copiar y pegar información sin revisar de internet para presentar un trabajo de una materia fácil. Ahora prefiero someter mi mente a complejidades que casi nunca entiendo —pero que me obligan a esforzarme más. Si estudias marketing, derecho, diseño o cualquier otra cosa con la principal motivación de querer evitar matemáticas y situaciones así, estás mal, te estás saboteando inmensamente. Punto.
  31. Era pobre porque todo lo hacía de forma lenta. No me apresuraba. No cultivaba en mí el sentido de urgencia. No se puede vivir todo el día y a todas horas en modo "esto es para ya, ya, ya, ahora"; pero si lo haces así mientras eres joven, esa forma de comportarte te va a rendir bastantes frutos. Con ella acelerarás resultados que otros tendrán, si acaso, en veinte años. Ando iniciando mis cuarentas al momento de escribir estas líneas. Mucho de lo que hago y pienso ya lo hacía y pensaba en mis veintes, pero no pisé el acelerador para capitalizarlo. Comencé a ejecutar la vida que quería hasta entrando a mis treintas. No fue tarde, pero ciertamente pude haberlo hecho mucho antes.
  32. Era pobre porque fumaba y bebía mucho pensando que así la pasaba bien sin entender que era realmente frustración.
  33. Era pobre porque veía las grandes vidas en películas en televisión y pensaba que eran algo fuera de mi alcance. Luego entendí que todos esos personajes geniales tuvieron que haber comenzado en algún lado, así que decidí comenzar.
  34. Era pobre porque no pensaba a cincuenta, cien años. Pensaba en graduarme y ya. Pensaba en obtener un trabajo y ya. Pensaba en las vacaciones de diciembre y ya. Son muy pocas las personas que tienen pensamiento constante de largo plazo. Ahora soy una de ellas. Y eso hace que todo se ajuste a una dimensión más profunda.
  35. Era pobre porque no sabía decir "no". Me escondía. Dejaba de responder el teléfono. Fingía desconocimiento. Me hacía el sorprendido. Ahora busco siempre tener "ownership" de cualquier asunto y decir "no" de frente y rápidamente si es el caso. Así acostumbro a la gente a saber qué esperar de mí y también a enfocarme en las cosas que importan.
  36. Era pobre porque no compartía. Tenía la mentalidad de que podían robar mis ideas. Esa idea súper genial que crees que tienes y que según tú te va a convertir en millonario, no es así. La idea es irrelevante. Es la ejecución lo que cuenta. Ahora soy casi transparente. Considera este libro un ejemplo. Esto no quiere decir que viva en una situación idílica. Mi equipo de relaciones públicas sufre cada vez que escribo cosas como ésta, más de uno de mis socios sacude la cabeza cuando me leen en este modo, pero la verdad es que yo me siento ligero al no tener que estar decidiendo qué cosas compartir y cuáles no. Mejor comparto todo. Y así —como genial efecto colateral— llegan nuevos amigos, nuevas invitaciones, nuevas oportunidades, nuevos clientes, nuevos niveles.
  37. Era pobre porque veía el drama como algo normal. Creía que El Chavo del 8 era comedia cuando en realidad es drama disfrazado. Un niño huérfano, viviendo dentro de un barril, con hambre todo el tiempo es trágico, pero al ponerlo en situaciones cómicas, creemos que está bien tener problemas con los vecinos, tener deudas de la renta y estar frustrados en el amor. Las telenovelas definen a mi cultura porque así somos: nos fascina el drama. Y entre más drama, más pobreza.
  38. Era pobre porque pensaba que no sabía hacer nada. Resulta que, tontamente, equiparaba mis habilidades a mis diplomas. Me tomó mucho tiempo entender que, aunque no tenía diploma alguno, sí contaba con muchas habilidades para ofrecer al mundo: hablar, escribir, crear y coordinar equipos de trabajo, conseguir capital, vender, usar internet como todo un pro, redactar de forma genuina y poderosa. Mi principal problema es que le quería vender la importancia de estas habilidades a mi círculo típico, que no veía en mí más que a un joven que estudió ingeniería pero que no era buen ingeniero. Al expandirme en mi intención y vender mis habilidades sin diploma al mundo, las cosas cambiaron, por decir lo menos.
  39. Era pobre porque estaba frustrado y dirigía mal mi enojo. Leía los periódicos más extremistas con pasión desmedida y cada día odiaba más y más al gobierno y empresarios. Mi mente era el reducto más extremo del izquierdismo anti-capitalista. Todavía abrazo algunas ideas de aquellos tiempos, pero he aprendido a expandir mi rango y espectro de pensamiento a varias aristas. Podemos hablar del ROI y del YoY de tu empresa, del desarrollo matemático de lenguajes interestelares, de las FARC, del EZLN, la historia del mundo, exobiología, los libros de Yuval Noah Harari y más. Y no me voy a enojar por tus puntos distintos o complementarios. Estar enojado ante la vida y justificarlo intelectualmente es el reducto de una frustración que tiene miedo de admitirse a sí misma. Yo he decidido no estar enojado con el mundo y expresarlo a través de un fanatismo del lado que sea. ¿Por qué no podemos creer en Dios y la física cuántica al mismo tiempo? ¿Por qué no podemos abrazar el arte y hacer ciencia sin sentirnos culpables? Entre más amplio sea el rango de pensamiento que cargamos, más fácil nos va a resultar enfocar lo que hacemos positivamente. Que tu enojo no sean manifestaciones, bloqueos, vandalismo, comentarios anónimos y amenazantes en internet y demás. Sé ecuánime. Tal es el vehículo para ampliar tu visión y ejecución.
  40. Era pobre porque creía que la educación era importante cuando en realidad lo que la gente llama "educación" hoy en día es adoctrinamiento. Y aunque sacar buenas notas e ir a buenas escuelas es bonito y aplaudido, aprender haciendo es lo mejor. No tengo ningún curso de redacción a mis espaldas pero tengo miles y miles de lectores frente a mí. ¿Fui educado para escribir como escribo? Sí. Me eduqué yo. No estoy diciendo que ir a la escuela esté mal. Lo que estoy diciendo es que en la pobreza ponemos una fe casi absoluta en una carrera universitaria sin entender que, al hacerlo así, fracasamos en poner mejor esa fe en nuestra capacidad creativa e inherente de meternos a muchas facetas de la vida que llamen nuestra atención. Esto se llama polimatía, y está muy bien porque nos va a dar excelentes resultados si la cultivamos. "Estudia para ser alguien en la vida" es un refrán. La pobreza se alimenta refrán a refrán. Los refranes no son sabiduría popular. No es tonto quien presta un libro. Puedes abarcar mucho y apretar. No vivas con refranes.
  41. Era pobre porque veía innecesarias cosas como hablar inglés con confianza. Creía que no lo necesitaba porque mi tío, mis amigos, mis papás y mis maestros no lo hablaban y así les había ido "bien". Las personas alrededor de mi familia no entendían ni aplaudían la inteligente decisión que mis padres tomaron cuando me enviaron a estudiar inglés a la mejor escuela en aquellos años, aun cuando nuestros medios eran bastante limitados. Frases tales como "A ver, tradúceme esto", "Habla en inglés", "¿A poco sí sabes mucho?", "¿Le entiendes a esta canción?", aprendí a identificarlas como flechas que los demás lanzaban para atacar, de alguna manera, a quienes habían conseguido esta habilidad en lugar de hacer las preguntas correctas estilo "¿Me recomiendas estudiar donde tú lo hiciste?", "¿Qué tiempo te ha tomado sentir confianza en el idioma?", "¿Practicas seguido?", "¿Para qué vas a usar ahora el inglés?", "¿Cuánto cuesta la mensualidad de esa escuela?".
  42. Era pobre porque no entendía el juego. El juego se trata de lograr tus objetivos —economía, felicidad, familia, profesión, etcétera— sin perder muy seguido —cárcel, despidos, terminación de relaciones y demás. En el juego lo que vale son dos cosas: la actitud que mantienes pese a todo y lo que aportas incluso si nadie te da nada. Si haces las cosas esperando aplausos por cualquier minucia —tu nuevo carro, tu ascenso, tu nuevo corte de cabello y demás— vas a vivir muy frustrado. Era pobre porque mi actitud encajaba perfectamente con eso.

Cambié mi actitud y mi estado cambió.

Cambié mi mentalidad y mi realidad se alteró.

Sé un ejecutor optimista.

Sé un ejecutor estratégico.

Sé el tipo que hace lo que tiene que hacer.

La pobreza es hackeable.

Pero nada puedes hackear si no piensas y actúas diferente.

—A.